Acarició sus labios con las yemas de
sus pulgares, los deseaba. Dedicó una mirada dulce y a la vez traviesa a
aquellos ojos verdes; quería hacerla suya, sentirla encima y debajo, descifrar
sus enigmas y disfrutar de su piel.
Ella
tenía que pertenecerle, no soportaría verla con otro hombre, necesitaba
poseerla. Bajó las manos por sus hombros
y apartó las asas del sujetador, esa chica
le gustaba, Laila era débil y a la vez segura, una niña inocente a la
que le gustaba jugar, pero sobre todo era muy lista, tenía claro lo que quería
y lo que buscaba.
Laila empezó a desabotonar la camisa de Pablo, sabía que a él no le gustaba que tomase la iniciativa, pero esta noche era su noche, era su cumple y mandaba ella. Disfrutaba con su cuerpo, ¿eran amantes? No. ¿Eran novios? Tampoco, no eran nada, no le gustaban las etiquetas, eran simplemente ellos, dos personas que se aman pero que no soportan sentirse atadas.
Lo sentó en una silla y sujetó sus manos a la espalda de esta. Sorprendida por lo fácil que había sido ‘inmovilizarlo’, Laila disfrutaba con cada roce, con cada mirada. Se colocó detrás de la silla, de manera que él no pudiese adivinar lo que seguía. Besó su cuello y sintió como la piel de su compañero se estremecía, continuó por los hombros, lo brazos, el dorso; se agachó a su frente y desabrochó su cinturón, bajó los pantalones y acarició su vientre con los labios. Pablo pedía ser liberado para poder tocarla, sentirla, hacerla disfrutar. Le gustaba verla desinhibirse entre sus brazos y ella sentía placer con el roce, así que lo desató y se dejó llevar.
Pablo acarició los labios de Laila para luego adentrarse en su vagina, rozar su clítoris moviendo sus dedos a la velocidad exacta para hacer que ella moviese las caderas a un ritmo que le permitió llegar al éxtasis del orgasmo en pocos minutos.
Laila rodeó el miembro erecto de Pablo con los dedos, comenzó a hacer movimientos con la mano, luego lamió tímidamente la punta, él se estremeció, no se lo esperaba. Después de varios lametazos lo metió entera en su boca, y cuando se dio cuenta de que Pablo estaba a punto lo sacó y le puso un condón; lo acercó a su vagina para que él entendiese el mensaje, no tardó en impulsarlo dentro de ella para luego sacarlo y volverlo a meter. Un abrazo de gemidos, posturas, muecas, orgasmos y finalmente fluidos los unió durante más de media hora.
Por la mañana Laila cogió su bolso, se despidió y atravesó el umbral de la puerta para salir a la calle y encontrarse con un nuevo sol y un camino diferente hasta su instituto. Mientras, Pablo se vestía y hacía una bolsa con objetos personales para pasar un tiempo en comisaría.
Laila empezó a desabotonar la camisa de Pablo, sabía que a él no le gustaba que tomase la iniciativa, pero esta noche era su noche, era su cumple y mandaba ella. Disfrutaba con su cuerpo, ¿eran amantes? No. ¿Eran novios? Tampoco, no eran nada, no le gustaban las etiquetas, eran simplemente ellos, dos personas que se aman pero que no soportan sentirse atadas.
Lo sentó en una silla y sujetó sus manos a la espalda de esta. Sorprendida por lo fácil que había sido ‘inmovilizarlo’, Laila disfrutaba con cada roce, con cada mirada. Se colocó detrás de la silla, de manera que él no pudiese adivinar lo que seguía. Besó su cuello y sintió como la piel de su compañero se estremecía, continuó por los hombros, lo brazos, el dorso; se agachó a su frente y desabrochó su cinturón, bajó los pantalones y acarició su vientre con los labios. Pablo pedía ser liberado para poder tocarla, sentirla, hacerla disfrutar. Le gustaba verla desinhibirse entre sus brazos y ella sentía placer con el roce, así que lo desató y se dejó llevar.
Pablo acarició los labios de Laila para luego adentrarse en su vagina, rozar su clítoris moviendo sus dedos a la velocidad exacta para hacer que ella moviese las caderas a un ritmo que le permitió llegar al éxtasis del orgasmo en pocos minutos.
Laila rodeó el miembro erecto de Pablo con los dedos, comenzó a hacer movimientos con la mano, luego lamió tímidamente la punta, él se estremeció, no se lo esperaba. Después de varios lametazos lo metió entera en su boca, y cuando se dio cuenta de que Pablo estaba a punto lo sacó y le puso un condón; lo acercó a su vagina para que él entendiese el mensaje, no tardó en impulsarlo dentro de ella para luego sacarlo y volverlo a meter. Un abrazo de gemidos, posturas, muecas, orgasmos y finalmente fluidos los unió durante más de media hora.
Por la mañana Laila cogió su bolso, se despidió y atravesó el umbral de la puerta para salir a la calle y encontrarse con un nuevo sol y un camino diferente hasta su instituto. Mientras, Pablo se vestía y hacía una bolsa con objetos personales para pasar un tiempo en comisaría.

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