-Buenos días inspector, ¿preparado para la guardia?
-Buenas González. Si, pero preferiría quedarme en el sofá de mi casa con una cerveza viendo una buena película -dijo Pablo con una sonrisilla en la boca. La verdad era que le gustaban la guardias, sobre todo cuando surgía un poco de acción; pero no había nada tan increíble como quedarse en casa viendo una película a trozos con Laila. Esa chica lo volvía loco, y aunque puede que en otros momentos la hubiese apartado de su lado ahora no había nada que le impidiese vivir su historia de amor, que ya le tocaba.
Aquella tenía pinta de ser una guardia sin demasiadas incidencias, pero, quien sabe, igual se llevaba alguna sorpresa. Le esperaban 24 horas en aquella comisaría, y no le importaría salir a dar una vuelta aunque fuese para rescatar al gato de la señora Arias, claro que tampoco quiere un atentado terrorista o un tiroteo en el barrio Francés.
-Inspector, veo que hoy ha llegado pronto -soltó el sargento con cara de pocos amigos, ¿alguna vez en esta vida lo vería sonreír?
-Bueno, hoy me he despertado animado Señor.
-Me alegro, espero que tenga una guardia entretenida. Muy buenos días.
-Buenos días, Señor -la verdad, nunca era el primer sargento mujer que tenía en su carrera, y puede que uno de los peores, pero le gustaba, no se dejaba intimidar y tenía muy claros sus principìos, una mujer de siglo XXI.
Pablo llevaba relativamente poco en el cuerpo, pero en sus 8 años de carrera había conseguido ascender a inspector en una de las comisarías más importantes de la ciudad, había conseguido mantener el barrio Francés a ralla y había dejado su pasado atrás.
10 años antes
En el verano de sus 18 Pablo no sabía que hacer con su vida, había acabado el bachillerato y sacado la selectividad con una media de 11, pero... ¿Y ahora que?
Y, aunque sabía que saliendo con los amigos no encontraría la solución no podía para de pensar en eso. Era mayor de edad y quería pasárselo bien.
Montó en su moto, una Triumph Boneville negra que le habían regalado por su 17 cumpleaños y, que en ese momento, era una de las cosas mas importantes para él. Haciendo subir el cuentakilómetros, Pablo se dirigía al puerto por la avenida Oeste, disfrutaba de el viento en la cara a esas hora de la noche y solo de pensar en las carreras se le erizaba el pelo. Ese joven, fuera su circulo familiar era una persona totalmente desconocida, no era el bueno y estudioso de Pablito, si no, el campeón de las carreras ilegales en el puerto abandonado de los tres últimos meses, y, es que desde que Nerea lo había acercado a ese mundo no era capaz de desprenderse de él, allí podía descargar el estrés que le proporcionaba una familia tan perfecta como la suya.
Los Delgado eran una de las familias más conocidas y ricas de la ciudad, y cómo no, sus hijos tenían que estar a la altura. Su hermano Hugo era abogado y su hermana Laura aspiraba a ser una gran actriz, pues, desde que había protagonizado aquel anuncio de champú no paraban de llegarle las ofertas de trabajo. Y aunque a sus padres no les hiciese mucha gracia, en dos años la pequeña sería mayor de edad y podría decidir sobre su futuro. Ensimismado en sus pensamientos, Pablo alcanzó el puerto en poco tiempo, aún faltaba más de una hora para el comienzo de la carrera pero le gustaba llegar antes de tiempo. Hacía dos semanas que no veía a Nerea, con la selectividad había tenido que dejar las carreras de lado para no defraudar a sus padres, pero esa noche sería su noche.
10 años antes
En el verano de sus 18 Pablo no sabía que hacer con su vida, había acabado el bachillerato y sacado la selectividad con una media de 11, pero... ¿Y ahora que?
Y, aunque sabía que saliendo con los amigos no encontraría la solución no podía para de pensar en eso. Era mayor de edad y quería pasárselo bien.
Montó en su moto, una Triumph Boneville negra que le habían regalado por su 17 cumpleaños y, que en ese momento, era una de las cosas mas importantes para él. Haciendo subir el cuentakilómetros, Pablo se dirigía al puerto por la avenida Oeste, disfrutaba de el viento en la cara a esas hora de la noche y solo de pensar en las carreras se le erizaba el pelo. Ese joven, fuera su circulo familiar era una persona totalmente desconocida, no era el bueno y estudioso de Pablito, si no, el campeón de las carreras ilegales en el puerto abandonado de los tres últimos meses, y, es que desde que Nerea lo había acercado a ese mundo no era capaz de desprenderse de él, allí podía descargar el estrés que le proporcionaba una familia tan perfecta como la suya.
Los Delgado eran una de las familias más conocidas y ricas de la ciudad, y cómo no, sus hijos tenían que estar a la altura. Su hermano Hugo era abogado y su hermana Laura aspiraba a ser una gran actriz, pues, desde que había protagonizado aquel anuncio de champú no paraban de llegarle las ofertas de trabajo. Y aunque a sus padres no les hiciese mucha gracia, en dos años la pequeña sería mayor de edad y podría decidir sobre su futuro. Ensimismado en sus pensamientos, Pablo alcanzó el puerto en poco tiempo, aún faltaba más de una hora para el comienzo de la carrera pero le gustaba llegar antes de tiempo. Hacía dos semanas que no veía a Nerea, con la selectividad había tenido que dejar las carreras de lado para no defraudar a sus padres, pero esa noche sería su noche.

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